En el 2017, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) presentó un nuevo estudio respecto a la condición del sindicalismo en el mundo y los resultados no fueron diferentes.
Con excepción de Sudamérica, todas las regiones del orbe presentaron una reducción considerable en sus tasas de sindicación. Europa Central disminuyó casi en un 50 por ciento el número de trabajadores sindicalizados, mientras América del Norte alcanzó mínimos históricos colocándose por debajo del 15 por ciento de la población económicamente activa.
Adentrándonos en pleno siglo 21, los sindicatos parecían ser parte de un pasado distante, ajenos a las nuevas tendencias del mundo del trabajo, huraños a la apertura y transición generacional de sus dirigencias, y denostados por una sociedad que relaciona la palabra sindicalismo con corrupción, opacidad y violencia.
Y es que a la par del encapsulamiento de los sindicatos en todo el mundo, en los grandes países industrializados se gestaba la Revolución 4.0, una convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas que tienen como una de sus metas la automatización de los procesos productivos en las cadenas de la economía a gran escala.
En el ensayo “La transición de los sindicatos: ¿qué papel tendrán en el futuro del trabajo? la OIT reconoce que existe un panorama incierto en el futuro del trabajo y; por ende, en los sindicatos.
La afiliación sindical en declive no explica en su totalidad la situación que guarda el sindicalismo en el mundo laboral. Si bien es cierto que las y los trabajadores afiliados a un sindicato mantiene un constante retroceso, también es cierto que las organizaciones gremiales aún conservan un importante nivel de influencia en la economía, gracias a su capacidad para organizar, representar y prestar servicios a los trabajadores.